Observatorio del Derecho Humano a la Vivienda Adecuada

Ciudad ¿sostenible?

No es algo nuevo que, en el ámbito de la planificación y el urbanismo, la palabra “ciudad” venga casi irremediablemente asociada a la de “sostenible”. Al parecer, la transformación de las dinámicas urbanas debiera pasar necesariamente por construir una “ciudad sostenible”, tándem que se impone como nuevo dogma del reformismo urbano. Su sola invocación parece generar el beneplácito de propios y extraños, poco interesa si al final lo sostenible no es sino la coartada perfecta para seguir haciendo lo mismo, teñido de verde, claro.

La asociación directa entre sostenibilidad y medio ambiente es algo recurrente y puede ser pasto de interpretaciones antojadizas, maniqueas y metafísicas respecto a la problemática urbana, reduciéndola esencialmente a problemas ambientales o ecológicos, en el mejor de los casos. Lectura lineal y sectorial que elimina “de un plumazo” la complejidad de nuestras ciudades, a pesar que quienes la defienden suelen pregonar, sin rubor alguno, la integralidad de su mirada. La más de las veces, esto deriva en juicios ético moralizantes que refuerzan los procesos de segregación espacial o en la repetición de verdades de perogrullo orientadas a calmar las conciencias más que a transformar efectivamente las condiciones de degradación medio ambiental en nuestra ciudad. Las formas parecen ser suficientes.

No podemos olvidar tampoco que la idea de lo sostenible/verde forma parte de una muy eficaz estrategia inmobiliaria orientada precisamente a promover el consumo de “lo verde”. Esta mercantilización, que no es sino banalización, opera a distintas escalas de las “urbanizaciones verdes” hasta la promoción de edificaciones en las “mejores zonas” y cercanas a los parques “más verdes”. El capital inmobiliario ha encontrado en los poderes públicos locales los mejores aliados en la consolidación de esta pantomima, que antepone intereses particulares o de grupo por sobre el bien común. Los ejemplos sobran, y entre ellos la Ley de edificaciones sustentables y la de reactivación económica, son de las más descaradas.

Más allá de la lógica mercantilista, ver en lo “natural” la redención de lo urbano es, mínimamente, ingenuo y, francamente, maniqueísta; mucho más cuando lo que se opera es la división moderna entre naturaleza y sociedad, la una virtuosa, la otra destructora. Tal vez podríamos escribir un lindo cuento, pero no nos serviría de nada. Lo que sucede, por lo general, es que se antepone lo idealmente correcto, de acuerdo a los propios patrones de consumo de un sector de la sociedad, y todo se reduce a un problema ético, que divide el bien del mal. En concordancia con la anterior se impone una estética de lo urbano, la frugalidad de lo “natural” en la ciudad; obsesión propia de la ciudad dicha moderna y de las clases poseedoras en un intento de volver “respirable” su entorno inmediato, su existencia, su conciencia. Oasis de verde en un desierto de inequidades y desigualdad.

Así dadas las cosas, a lo sostenible se le ha despojado cualquier potencial transformador. Su reinterpretación pasa necesariamente por la comprensión de los procesos co-evolutivos en los que naturaleza y sociedad no pueden ser entendidos de manera independiente sino desde su articulación indisociable, traducida en nuestra capacidad de construir territorios. Se abren así “nuevas” puertas para pensar lo sostenible en la ciudad como interpelación directa a las lógicas y poderes que definen la desigualdad y degradación medio ambiental; aquellas que actualmente gustan de pasear de la mano de esa sostenibilidad domesticada, vaciada. Se trata de redefinir la sostenibilidad, interpelando las lógicas dominantes -económicas, sociales y, aún, ecológicas- que han pretendido encorsetarla. Siendo así, lo sostenible tendrá que ver con cómo pensamos la realización de lo urbano, en tanto transformación radical de nuestras formas de hacer ciudad.

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